domingo, 29 de noviembre de 2009

APOLOGÍA DE LA INGENUIDAD

Terrible es que tengamos que vivir temerosos de los demás. Parece que soy necio al alejarme de la malicia y ser ingenuo. “¡Bobo!” Me dicen. “No harás más que sufrir. Nada bueno puedes esperarte de los hombres, pues homo homini lupus.” Yo a ellos les digo, ¡prefiero ser un bobo y padecer a vivir arrodillado ante los injustos! ¡Venid a mí si habéis, desgracias! ¡Antes cordero que lobo, cordero sin miedo a morir devorado!

Ellos viven siempre previstos, creen de verdad que su alerta los previene de ser cazados. Nadie los privará de lo que es suyo pues no duermen, dispuestos a vigilar todas las noches, atentos ante el refulgir de unos colmillos en la oscuridad. ¿Es que no veis que sois vosotros los necios? ¿Es que no comprendéis que sois cazadores cazados por vuestros miedos? Yo os conmino a acabar ya con vuestros pesares, a dejar de acunar ya a vuestros hijos, desconsolados como estáis por su desconsuelo. El juicio de las malas acciones se ha apoderado de vosotros, sois vosotros ahora los malvados ante los que os precavíais, pues vuestros corazones se han llenado de mezquina malicia, de inquina cautela hacia vuestros hermanos. ¡Dejad de temer, vosotros temerosos! ¡Comenzad a vivir con la vista puesta en vuestros pasos, en el bello mundo que os rodea, en vez de en los bolsillos de vuestras carteras! ¡Compadeced el mal, no lo temáis, pues tal mal no existe! ¡No os dejéis contagiar por la peste de la amargura! ¡Dejad de ser temerosos, y comenzad a ser temerarios!

Así habló J.J.

jueves, 26 de noviembre de 2009

La diferencia

Hoy es un día muy Pedrá. Llueve y hace frío, pero dentro de mí hay una enorme reacción de fusión a punto de producirse. Hoy he vuelto a los orígenes musicales del auge de mi adolescencia para inmiscuirme con todo lo que viví en esa época, llena de desequilibrio emocional y descontrol factual. Hoy, como entonces, continúo siendo un desastre. Sólo hay algo que, aparentemente, ha cambiado: los pilares resquebrajados sobre los que me sostenía han desaparecido y no volverán a sujetarme. Lo único que es distinto es que nada es igual que antes. Y eso es, el cambio es y nada más. Los matices buenos o malos se los otorgamos nosotros mismos.

No obstante me jode, me duele y pierdo los estribos en el súmmum de la impotencia. Y no soy esa clase de persona que lo da todo por perdido, pero esta vez no hay nada que hacer. Se han ido porque las corrientes de sus ríos los han llevado a otro mar y desde otro puerto miro a la infinitud del océano pensando si no se habrán ido a un lugar donde el nivel de salinidad sea hostil. Si no terminarán ahogándose porque el oleaje sea demasiado intenso. ¿Por qué me importa eso? Supongo que, porque se me cayó el tejado desde que los pilares de mi burbuja se desprendieron. Los amaba, eran parte del entramado del sentido de mi vida. Me los robaron los ladrones del cambio. Y hay una duda que no dejará de amartillarme el cerebro y pudrirme el corazón: sinceramente, ¿somos tan distintos?


B.B.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Oriente

Muerte, que no tengo rumbo

Muerte, sólo mil destinos

Muerte, que sale el Sol y no es contigo

Muerte, que sólo quiero vestir tu abrigo


Y vale el mar de tus canciones

tantos lamentos como suspiros

Y danzan ya, aquí en Oriente

palabras antiguas y cirios.


Que soy ancla y vela

y marinero fugaz

Que quiero verte aquí en Oriente

quiero verte, Capitán.


S.S

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P.D. Palabra de china...Escucha recomendada:
. . . . . . .


lunes, 23 de noviembre de 2009

Presentaciones más, presentaciones menos…

Una carta de presentación no es más que eso, un puñado de palabras que tratan de, como muy bien dicen los ingleses, introducir a alguien en un círculo tan grande o tan pequeño como el propio alcance de la palabra. Siempre hay algo de presuntuoso en una presentación: el presentado aspira a ser aceptado e incluido en ese pequeño o gran círculo del que hablamos. Quiere penetrar el perímetro que cuidadosamente la sociedad teje para limitar lo íntimo de lo público, lo propio de lo extraño, y es en ese camino, en ese ataque despiadado y cruel donde se manifiesta la presuntuosidad del intrusismo de las presentaciones.

Presentarse. Pre-sentarse. Vaya estupidez hacer eso en un blog. No es que sea muy meticuloso con estas cosas, pero te aseguro que yo ya estoy sentado, y me juego las patas de la silla que me sostiene a que tu también. Tocado.

Quizá, para sentar buen precedente con todo aquel que cometa la locura de tratar de encontrar algo de provecho en mis escritos, debiera haber escrito esto de pie. No hubiera arreglado nada, pero al menos hubiera planteado estos últimos párrafos con algo más de energía y con algo más de ácido en las yemas de mis dedos sabiéndome inocente.

Espero que sepas perdonarme.



A.A.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Una epístola.
Tú, pistola.
Tus palabras
son las balas
que a mi cuerpo atravesar;
como los peces a la mar.


Melancólica Mucosidad.

M.M

viernes, 20 de noviembre de 2009

PERSECUCIÓN

Atrapa el viento suspiros
de aire desterrado
de tu boca, y yo los quiero.
Por eso pretendo cazarlos.

Los persigo entre el humo,
calle abajo,
mientras resuena en mi cabeza
la lógica positiva
de un violín,
que dirige un cuarteto de cuerda.

Los persigo entre la niebla
de un grumoso antro,
en el que ni la pena flota.

Los persigo y no consigo,
y su anhelo de ti me alejan.

J.J.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Mi tren, Rachmaninoff

Aunque no termines de asumirlo cualquier día la vida puede dar un giro extremo. Todo lo que crees que es imperturbable se puede escurrir y puede serpentear hasta desaparecer. Ese “hasta mañana” se puede convertir en un “ya no volverá jamás”.


Vivimos el presente para el futuro y desvirtuamos el Carpe diem sumergiéndolo en el frenesí de un ritmo vertiginoso. Deberíamos aprovechar cada instante y, sobre todo, dedicar cada día, al menos unos minutos, a la reflexión. ¿Estoy exprimiendo mis posibilidades actuales? ¿Me eximo de participar activamente en mi propia vida? ¿Estoy alienado? ¿Qué he hecho hoy y por qué? ¿Por qué es bueno o malo preguntarme por qué he hecho hoy ciertas cosas? ¿Aprecio mi entorno y su belleza? ¿Realmente estoy BIEN, o es una palabra que he usado tantas veces para describir mi estado de ánimo vagamente que ya desconozco su significado puro? En fin, las preguntas esenciales y las respuestas volátiles que se fraguan cada anochecer.


Ese momento en que uno se sumerge en una burbuja al vacío y busca la respuesta al infinito interrogante cotidiano es el regalo de cada día. Poder hacer las cosas y preguntarse acerca de ellas y sobre lo que uno ha experimentado realizándolas. Poder compartir las experiencias y lo que nos han hecho sentir es el regalo único de la vida. Compartir un viaje en tren cuyo punto de salida no escogimos y cuyo final desconocemos. Pero COMPARTIR, al fin y al cabo, con los pasajeros que suben para quedarse, aunque algún día, como todo mortal, dejen de estar, así como COMPARTIR con los que viajarán por un tiempo indeterminado.


A veces uno se siente solo en el asiento aterciopelado del tren porque alguno de sus compañeros de viaje lo ha abandonado quizás para siempre. Y aún así le quedará el paisaje que se ve desde la ventana, una libreta en blanco para imaginar sobre ella y algún viajero que en otro vagón busque una mano a la que aferrarse.


PD: Lo de Rachmaninoff viene a cuento, al menos para mí. Véase http://www.youtube.com/watch?v=kj3CHx3TDzw&feature=related


B.B.



lunes, 16 de noviembre de 2009

Calla y come

Me he quedado en silencio. Pensando...

Cada día quiero menos a la gente. Cada día el Mundo me parece menos humano. Cada día quiero más a tu perro.

Y entiendo que la gente, en su alboroto cotidiano, se salte a la torera las normas sociales BÁSICAS de cortesía, que ya nadie escuche y que ni Dios se mueva ( iba a decir que ni Peter se movía pero luego me abroncan por meter anglicismos y palabras rarunas que, parece ser, no valen lo mismo que su equivalente español).

No, ni el Todopoderoso actúa...

Y digo que lo entiendo, porque mis neuronas sinaptan bien, no porque lo respete o porque, ni mucho menos, piense que es la actitud correcta. Es triste. Duele ver cómo todos se acomodan al maldito pienso que nos sirven como comida mental a diario.

Exige, empuja, no te esfuerces pues, recuerda, TODO VALE. No des nada al mundo, sé egoísta. Y muere. Muere en vida. Sangra mentiras y apatía. Por favor, muere. Dulce agonía, pues tú, vivo, te consumes.

Qué placer ver cómo, joven, la inactividad te mina. Sí, lo disfruto, porque sé que nunca sentirás lo que sienten aquellos que viven, los que saltan, los que pasan y ascienden sin aplastar.

El sabor del movimiento, de la actividad, del inconformismo, de la sensación de "el Mundo es una mierda, ¡¡¡hagámos algo!!!" (aunque sepamos que probablemente nada va a cambiar. Es el gusto por el intento inútil y bonito) y esa satisfacción que inunda cada nervio del ser cuando te das cuenta de que, mientras los señores grises esperan en el arcén a que pase un tren mejor, tú ya has ido con tu arcoiris a comprobar cuál es el tuyo, subiéndote mucho antes que ellos.

Vale, deliro. Puede que no se me esté entendiendo. No sé decirlo más claro, y con esta vocecilla interna que me ha tocado, no puedo decirlo más alto.

Acabo ya: Por lo menos, ya que dejas que te amasen ( yo también me dejo, no quiero ir de persona "no amasada", ni dármelas de nada. La diferencia es que yo soy consciente de ello) No te quejes. Estás así por tu culpa. Por no moverte. Tu situación es fruto de tus actos, la mayoría de las veces. No esperes a que los demás te solucionen el problema, bobo (aquí metería un "capullo", pero claro, supongo que pasará lo mismo que con los anglicismos, que no se considera correcto...) Así que, en lugar de reclamar derechos a diestro y siniestro y de olvidar obligaciones y modales, calla. Cierra tu hueco pico.

Y déjame en paz. Calla y come.

S.S



sábado, 14 de noviembre de 2009

Si yo fuera Vol. 1 (¿Habrá segunda parte? Dicen que siempre son peores)

Si yo fuera Roberto: “Señor dinero, usted no necesita un diputado”. La verdad es que a mí tampoco me hace falta. (Escúchese “Estado policial” de Extremoduro)


Si yo fuera Nietzsche: “HOY: ser consciente de la tragedia es la epopeya de la vida, o sea, de la muerte. El sufrimiento vestido de belleza es el dogma del Übermensch” SÍ. Tratemos de tomar decisiones racionales que no tienen por qué desembocar en consecuencias racionales y enloqueceremos. El riesgo está hecho de incertidumbre y debemos asumir los riesgos, en gran medida, gracias a la desinformación uniformada de trajes caros y verborrea política. Global Password: DESINFORMACIÓN.


El conocimiento seccionado destruirá el sentido de la belleza del todo. El todo es desconocido como todo y esbozado como partes bajo un espíritu “racional”, sujeto con pinzas por intereses económicos irracionales.


La libertad de elección es la gran mentira del SXXI, ¿quién osa a hablar de LIBERTAD seguido de elección? LA LIBERTAD CREATIVA HASTA LA EXPLOSIÓN CEREBRAL. Esa es la única solución.

Si yo fuera Hitler (de momento ya tengo el bigote): “La libertad os hará trabajar”. ¡JA, MEIN FÜHRER! Todos tenemos derecho, ¡libertad global de alienación!


Si yo fuera la SGAE: “El único canon que merece la pena es el de Pachelbel”. Para TODO lo demás, MasterCard.


Si yo fuera Obama: “Yes, we cagarla”. Soy negro y por eso salvaré el mundo. No, no soy un riguroso producto del marketing, ¡QUÉ VA! (Nostradamus tenía razón)


Si yo fuera Quevedo: “Érase una vez un hombre a unas cejas pegado” Brindemos por ZP. Asumámoslo, nadie sale impune del poder y si no acordaos de Espartero.


Si yo fuera Siniestro Total: “En la guerra antes que mil hay que ser vil” (Y ésta es la única oración original del texto, escúchese “Vil Guerra Civil” de Siniestro Total). No al uso enfermizo de las armas nucleares. No al uso enfermizo del conocimiento (seccionado, por supuesto).


Dedicado a Richard Guere.


B.B. (No miréis, ¡ENFERMOS!, Juan Ramón Jiménez Barbudo está montándoselo con Platero).

viernes, 13 de noviembre de 2009

Sobre Internet

Desde que Internet salió al entorno público, fuera de las investigaciones del ejército americano, el mundo ha cambiado mucho. Internet ofrecía una conexión desconocida, “ilimitada”, con cualquier otro ordenador del mundo. Y esto implicaba el intercambio de ficheros.

Una vez Internet fue algo del día a día, el intercambio de ficheros y archivos también lo fue. Se empezaron a transmitir millones de datos por toda la red global, ya fueran fotos, documentos escritos o archivos de música. La libertad de intercambios acababa de llegar, y con ella la queja de aquellos que veían disminuir su capital por culpa del “libre cambio”. Tacharon al acto de transmisión de archivos de “piratería”, término que no se utilizaba desde la época de Edward Teach, Barbanegra, o el capitán Kidd, implicando con ello que fomentar dichos intercambios era ser un criminal.

Internet llegó como un soplo de aire fresco, una brizna de libertad, pues ya no había fronteras. Pero, tal y como ocurre siempre, hay un carcelero, un esclavista (o varios), que no se sienten conformes con la manera de llevar la “libertad” al mundo y realizaron demandas y acusaciones contra gente que se dedicó a unificar los ideales de Internet. ¿Nos están diciendo que intercambiar es ilegal, acaso un crimen? ¿Lo sería si les beneficiara a ellos? Obviamente no. El ansia de dinero, y la perplejidad de ver cómo el capital desciende por la masa de humanos fervientes por descubrir cosas nuevas, mueven montañas.

La piratería es un término mal utilizado, pues no hay cañones ni abordajes (y por suerte no hay que reparar la quilla). Pero en lo que sí se parece Internet al Caribe español o inglés de comienzos de 1800, es que es libre. Los piratas llamaban a esos mares los de la libertad, e Internet ofrece un sinfín de oportunidades, como viajar sin moverte de tu silla, u observar paisajes que nunca creerías ver mientras escuchas una canción suave y melódica del sur de China. Quizá sea por ello, que Internet viaja, por lo que se denominó “surfear la red”. Pero, claro, el hecho de estar en el agua surfeando, ya convierte a todo el mundo en un pirata.

M.M

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Soul

Santifican las fiestas con boleros y ramos, todo a golpe de chachachá. Rompen el silencio a palos y cuando paran, dejo de pensar.

Son árboles dormidos en ecos de soledad. Y mecen sus ramas al sol y se iluminan con el viento. Por eso dejo que me cubran sus hojas, que cráckticas se rompen en mil bajo mi cuerpo.

Y oigo el sonido de su orden, el movimiento del pasado. Y permito que me lleven (un,dos,un,dos) a ritmos desacompasados. Sube el volumen y escucha la llamada…¿lo oyes? Sí, nena, es la salvación del salvaje…El lento compás del poema. El cantar de una cuerda que ,mágica, sola suena.

Y así mi oreja sorda me deja. Me castiga con la nada, con la ausencia melódica .

Hace mucho que no llueven notas, por eso venid…Danzad conmigo, convoquemos música profusa y a torrentes…Inundemos días de invierno con el rock de los cincuenta. Y mañana…Mañana quién sabe qué voz me mantendrá despierta…

S.S

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Well it's one for the money, two for the show. Three to get ready now go cat go. But don't you, step on my blue suede shoes ..."

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martes, 10 de noviembre de 2009

Castillos

Ahora que todo parece acabar, que todo rebasa el límite, ahora que la oscuridad inunda tu vida, piensas en aquellos tiempos que dejaste pasar por creer encontrar otros mejores, aquellos momentos en los que el orgullo no te dejaba ver mas allá y tapaba tus oídos la bravuconería, impidiendo que las palabras de ayuda que flotaban a tu alrededor navegasen hasta éstos...

Ahora que ya nada importa, que todo esta decidido, que el mazo del juez golpeó la mesa dictando sentencia, paras el tiempo a tu alrededor y piensas en los errores cometidos, en los pasos en falso que diste y no aprendiste, seguiste dándolos sin darle importancia a los castillos de cartas que a tu paso quedaban derruidos por el leve traspiés, hasta que ya no quedaban barajas que usar, solo escombros, solo polvo...

Pero sobre estos escombros queda aun espacio sobre el que construir nuevos palacios, aun mas grandes que los edificados antaño, sin embargo sera la misma brisa suave, esa brisa suave que levantas al respirar sofocado por el tropezón, quien los tire abajo de nuevo. Y tras estos vendrán nuevos palacios, palacios aun mayores, y con cada uno, mayor será la montaña de escombros que deje sobre la fina pero resistente capa que te separa de quien realmente quieres ser, hasta que ésta, ceda ante tanto peso y deje de luchar por aguantarlo, se rinda y se fragmente, en ese momento serás libre, podrás construir castillos que jamás sean derruidos, caminar sin miedo por donde quiera, sin miedo a tropezar, sin miedo a amar por ser rechazado. Podrás hacerlo, porque tras tantas caídas conseguiste ser la persona con la que siempre soñaste ser, porque ahora edificas sobre suelo firme, sobre ti mismo.
Quien se tiene a si mismo como matriz, no necesita adalid.
PP

lunes, 9 de noviembre de 2009

El empuje del rayo catódico

Cuando empujo con saña
y de tanto hacer fuerza
el trabajo realizado
se ensaña conmigo
y me cansa. Y me muero.
Ya no quiero.

Y empujo y doy a luz.
Tengo cuerpo de domingo,
piel y lágrimas de lagarto.
Mi corazón es de esparto;
mi mente una tómbola
de nombres.
Sale el boleto que viola
la ley del sentido:
Recesvinto.

Empujo a los muertos
que vagan
por los puntos tuertos
del alumbrado madrileño.
Allí se alojan, arrastrados
por los vientos.
En sus dudas, la llama,
que desata explosiones
y arrasa la cordura
de las vísceras
craneales.
-¿Estaré yo viva?-

Cuando busco en los retales
de cada estación
me acuerdo del cigarro
que no apagué en Quevedo
cuando empujé a un vagabundo
al entrar en el Metro.

Y me acuerdo del incendio
que causé,
que empujó a los bomberos
a disparar agua.
Empujó a la gente
a correr.
¿Por qué corrían?
-¿Estaban vivos?-
¿Por qué los que morían
practicaban sexo
en sus últimos minutos?

Me empujo fuera de la órbita.
Soy fuJitivo.
Me aprendí la primera parte
de lo que me explicó Zeus:
no hay nada terrestre,
los hombres son de Marte
y las mujeres de Venus.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ BARBUDO

sábado, 7 de noviembre de 2009

LA PUERTA

Se encontraba en su marco de ébano, franqueando mi paso en un alarde de tentar mi deseo de atravesarla. Su color era mate, inodoro, insípido, pero lo importante era llegar al otro lado. Algo después, cuando la crucé, terminé por averiguarlo, pero en ese momento sólo importaba la incógnita de qué habría al otro lado. La incógnita y la curiosidad morbosas que me aguardaban al otro lado. Algo hermoso, horrendo, cierto o incierto etcétera. Al otro lado.


Tenso, obsesionado, dispuesto a comprobar si su existencia era soñada, la contemplaba perplejo; pero no lo era, allí estaba, oscura y trivial, tan inerte que a su alrededor lo inerte cobraba vida y reactividad. Tan inerte que los muertos parecían contemplarla conmigo desde sus ataúdes de cristal, recipientes de vida vencida. Siempre había estado ahí, desde tiempos anteriores al alcance de mi memoria. Pero eso no impedía que en ese momento mis manos intentaran hacer girar una vez más su pomo de latón. Una vez más. Una nueva pérdida de tiempo. Una vez más. Y ni un radián.


Todos tenemos que cruzar la puerta tarde o temprano, eso lo sabía. Pero aquel instante, yo me cansé de esperar. Comencé a golpearla.


Nótese que lo hice de manera progresiva, empezando con pequeñas llamadas con el puño, siguiendo con un característico empujón de hombro fútil intento desatascador, procediendo a patear a la altura de la cerradura no mucho después, y finalizando con una carga directa, veloz carrera de mi masa corporal pronta a estamparse contra un tablón de madera oscura.



Lo que sucedió después parece obvio de relatar. Entrando en detalles de tal situación, diré que no tardé en partirme los brazos por sitios múltiples, y me colgaban inertes desde el pecho, que oscilaba violentamente al compás de mi respiración agitada.


El sonido del chasquido seco ya me era familiar cuando entonces me quebré una pierna, y dado que me quedé sin un sólido punto de apoyo al suelo mediante el cual propulsarme en mi deseo de dar con mi cuerpo contra mi acérrima rival, comencé a utilizar la cabeza a modo de ariete.


Escuchaba la muda sardónica risa de la puerta a medida que aumentaba el volumen de mis latidos en las palpitantes venas de mis oídos, a medida que la sangre de mi frente fluía para anegar mis ojos de lágrimas de cobre.


Y llegué al otro lado. Por vez primera.


J. J.


Teriántropa

A veces, basta una sola palabra, escrita, para volver a sentir. Sin ella estoy fría y seca. Hace mucho que no creo nada, que no alumbro frase encadenadas, formando historias de mil formas y sabores.

Por eso intento acercar la luna con el objetivo de una cámara de plata. Hoy de rojo carmesí, intensa, redonda y sangrante, huye al estallar la imagen. No se deja atrapar ni plasmar en instantánea. La tendré que guardar en la memoria, para utilizarla luego de musa. Pero sé que jamás recordaré el detalle de su camisa, ni las grietas de su suelo hueso palo.

Y tan cambiante, como ella, como esos monstruos que mitos ahora, humanos luego, transforman sus cuerpos en halos y velos, después con plumas y pelos; me torno granate y blanca, azul y luego santa. Y de pronto vuelvo a ser yo, al menos en parte. Nunca seré completamente quien creo ser. Nunca seré aquella que nunca fui.

Me debo a muchos soles, cientos, pasos de colores, que no alumbran donde piso. Pero hoy quiero caminar sobre un suelo firme, sin que me resbalen los pies. Quiero correr sola, mientras canto con todo el aire de mis pulmones. Y dejar de pensar. Que no pregunten a los demás mi nombre. Que me hablen a mí. No quiero ser un muñeco de exposición, siempre y sólo vista tras un cristal que me separa de los ¿tímidos?

Vientos, ¡quiero acción!. Agua, ¡ muéveme!. Arena, ¡álzame!, que desde mi posición todo se ve grande y a mí pequeña. Que desde donde estoy, todo es un gran mundo. Que me duele hasta atarme los zapatos y me cuesta el respirar, lo hago por hábito.

Y cambio, al son de la Luna, hoy llena, plena, mañana menguante, creciente cuarto de uña. Y ya no me reflejo en las nubes, ni fluyo en los bosques muertos, ahora desiertos. No queda nada de mi genio, ahora moro salvaje y bestia, “vestía” con pieles de los monstruos por mí derrotados.

Sólo quedo yo. La última de las mías. Y el horizonte se presenta tan infinito como irisado. Y yo torno mi imagen a ambigua: De nuevo fiera, mañana niña, tal vez pirata con basquiña, mujer antigua…

S.S

Una historia de mierda

Nunca hablaba en tercera persona por si al generalizar pudiera cometer un error garrafal. Pensar de ese modo le hacía sentir único como también el apagar el despertador, levantarse y expulsar una cantidad ingente de orina en el inodoro. Hacía las mismas cosas que sus vecinos por las mañanas y también acudía al trabajo en su automóvil como ellos, pero todo lo hacía y lo pensaba en primera persona.

Aquel día la batería de su coche había perecido para los restos y a las seis y cuarto se dirigía hacia la parada de autobús más cercana a su domicilio. Por el camino observó a dos ancianos paseando en chándal y cada uno de ellos portaba una bolsa de plástico vacía. Sin duda se sacaban a pasear el uno al otro y su herramienta plástica servía para depositar las heces del otro en un lugar adecuado por el ayuntamiento.

Fue una lástima. Llegó a la parada de autobús y pisó una mierda que, esperemos, no fuera de algún anciano que hubiese salido sin bolsa. Fue una pena. Se murió. Se murió de asco porque las heces eran verde pistacho y desprendían el olor más vomitivo del universo. Pero murió en primera persona y por eso es mi héroe.


B.B

viernes, 6 de noviembre de 2009

El Día de la Colada

No hay nada en la vida que aborrezca más que el día de la colada. Es el engullidor de miles de horas productivas, el devorador de días sin fin. Cada instante de dilación, desde el momento en que empiezas a mirar muy cuidadosamente una camisa que cualquier persona racional tacharía de sucia, al punto en el que ya no tienes ropa interior a la que darle la vuelta para alimentar a “la bestia”, siempre a la espera de que ese envidiable día libre llegue; es entonces cuando, ingeniosamente, te dices a ti mismo:

“Bueno, tengo un poco de tiempo libre, podría hacer la colada.”

Lo siguiente que sabes, 10 años más tarde, es que lo más interesante sobre ti son las pegatinas de tu parachoques.

“Salva a una vaca, cómete a un vegetariano.”

“El otro coche de mi esposa es una escoba.”

“Yo estuve en la Expo del 92”

El día de la colada ha consumido tu juventud.

Multiplica tu pavor por diez si tienes que abandonar tu querido hogar para lavar y planchar tu ropa, justo como estoy haciendo yo en este preciso momento. Si no tienes una sala común de coladas, hay lugares donde puedes hacerla pagando. Hay ásperos fluorescentes que zumban, y escuchas conversaciones en “ve-a-saber-tú” qué idioma. El olor de miles de restos de pastillas de detergente sin limpiar. Un olor dulzón producido por flores que nunca encontrarás en la naturaleza. Un aire fresco primaveral que nunca ha volado. La frescura de un millón de montañas que no se pueden encontrar en ningún mapa. La milicia errante de conejitos de polvo, creados en un momento donde la gente era lo suficientemente pensativa como para limpiar una maraña de hilos, pero no lo suficientemente decentes como para echar las viejas fibras, de billones de rebecas, a la basura. Niños que corren y se tiran encima de ti. Carritos de la colada con tres ruedas que cojean tanto como un viejo cascarrabias y que tragan calcetines cuando nadie mira. El circo al completo hechizado por la etérea forma parecida a un fantasma de los boletos de la secadora ya expirados.

“A todos aquellos que entréis aquí, abandonad toda esperanza.”

Añade cincuenta puntos de horror si la primera parte de tu batalla diaria es una aventura por descubrir qué ropa no apesta, para poder vestirte con ella. Coge toda pieza de ropa que tengas, guárdala en la mochila y ponte los zapatos en los pies. No harás dos viajes. No, tú no. Quieres llevarte todo lo posible con un solo movimiento de espalda. Ropa, detergente, el boleto de la secadora, suavizante, una pelota suave, Woolite, Colón para negro, Ariel con lejía, Elena con lejía para que los colores perduren. Un buen libro, o en mi caso un ordenador portátil. Cigarrillos, una o dos bebidas, una bolsa de patatas, una foto de alguien querido, un testamento. Solo coges lo esencial. Las cosas que necesitas llevar a la sala de la colada para una larga estancia. Cualquier cosa que no puedas llevar, se queda sucio. Levantas todo como un gitano; un nómada beduino. La cuerda de nylon de la barata y pobremente diseñada bolsa de la lavandería se clava en tu mano, donde tú mantienes la estabilidad. El ribete rojo en tu antebrazo, donde el peso fue distribuido lo menos uniformemente posible, es una marca de valientes, una señal de tu coraje. Un recibo para tener derecho a pasar. Ahora sí que eres un ser humano. Ascendido desde pellejo y pieles, a cosas que necesitan ser lavadas en un ciclo delicado. Una camisa hawaiana. Solo en agua fría. No meter en secadora.

Otórgate a ti mismo cincuenta puntos de ingenio si fuiste lo suficientemente listo como para comprar detergente de una marca desconocida, para así poder gastarlo todo y no tener que cargar con él de vuelta.

Bien. Estás aprendiendo.

Añade setenta y cinco puntos a tu índice de ira por cada vecino impaciente e insensible en la habitación que siente la necesidad de vaciar tu secadora/lavadora/carrito tres segundos después de que tu ciclo de uso haya terminado. Todos poniendo ojitos de cordero degollado y moviéndose como reinas de la colmena. Cuando vuelves a la habitación ves una montaña húmeda con tus inmencionables cosas sobre una mesa de doblado que no ha sido limpiada desde su creación. Tus ojos acusadores escanean la habitación, haciendo contacto con los de otra persona con la misma frecuencia con la que llueve en el Gobi. Miras incrédulo a tu “montaña”. Sangrando en el linóleo. Sentándote flácido. Continuamente mirando hacia atrás mientras te acercas a la secadora.

No olvides tus boletos. Aspiramos a tener un frescor de verano. Obtenerlo es una prioridad. No importan tus fantasmas. Ya atormentarán a cualquier otro.

Otórgate el premio “embotellamiento” por la próxima prueba que se celebrará en la mesa de doblados. Codo con codo, hombro con hombro, todo el mundo dobla, con sus brazos totalmente extendidos de una u otra forma para conseguir sitio. Al lado tuyo, un hombre intenta doblar una camiseta sobre su cabeza. Es como si en una zona de la habitación el universo hubiera apagado la gravedad. Solo en esa camiseta. Mirando a tu alrededor te das cuenta de la clase de cosas que tienen escritas las camisetas:

“Bienvenido a Albuquerque. Ahora vete a casa.”

“Nuevo México, ahora un 75% más limpio que el México normal.”

Menos mal que Pedro Duque llevaba un traje espacial. Doblar la ropa en el espacio debe de ser un poco extraño.

Dobla tu ropa y apílala. Más alto que ningún otro. Se reirán de ti. También se reían de la gente que quería hacer la Torre de Babel. Apila rápido y apila alto. Primero las camisas y los jerseys. Después pantalones y camisetas. Luego calzoncillos y demás cosas de tal índole. Otórgate un bonus competitivo de once puntos si soplas a escondidas a las pilas de ropa de tus vecinos; desde la comisura de tus labios. Si la pila de alguien de desmorona, míralo por encima del hombro y tranquilamente di: “El hombre escala a la grandeza con los cuerpos de sus enemigos”. Sigue doblando. Cualquier cosa por alcanzar los cielos. Si consigues llegar al cielo, pregúntale a Dios por qué no crea “frikis” que inventen ropa que se limpie sola.

Pide perdón por decirle a la única madre que su hijo hubiera estado mejor jugando con las agujas desechadas por los drogadictos en el parque en vez de estar preguntándote a tí si había algún videojuego en tu ordenador portátil. Cincuenta y tres veces.

Réstate treinta y tres puntos innecesarios para la investigación de por qué demonios la ropa, que antes cabía en tres bolsas, ahora ocupa cuatro. Se resiste a ser transportada en tres. No lo racionalices diciendo “¡Menos suciedad debería significar menor volumen!” o “¡Deberían ocupar menos! ¡Están dobladas!”. Tan solo apretújala toda dentro de tu mochila, dándote cuenta de que has desperdiciado tu tiempo doblándola y luego preparándola para el transporte.

Levanta tu colada recién lavada por encima de tu cansado hombro y dirígete a casa. Da igual lo que hagas, se va a arrugar.

Sal de la habitación. Te das cuenta de que hay aire en el mundo que no huele a secadora. Ahora estás en el futuro, así que cuidado con los coches voladores.

Ve a casa. Navega por las escaleras, canjea tus puntos y cómprate una siesta.

Te la has ganado.


M.M