sábado, 7 de noviembre de 2009

LA PUERTA

Se encontraba en su marco de ébano, franqueando mi paso en un alarde de tentar mi deseo de atravesarla. Su color era mate, inodoro, insípido, pero lo importante era llegar al otro lado. Algo después, cuando la crucé, terminé por averiguarlo, pero en ese momento sólo importaba la incógnita de qué habría al otro lado. La incógnita y la curiosidad morbosas que me aguardaban al otro lado. Algo hermoso, horrendo, cierto o incierto etcétera. Al otro lado.


Tenso, obsesionado, dispuesto a comprobar si su existencia era soñada, la contemplaba perplejo; pero no lo era, allí estaba, oscura y trivial, tan inerte que a su alrededor lo inerte cobraba vida y reactividad. Tan inerte que los muertos parecían contemplarla conmigo desde sus ataúdes de cristal, recipientes de vida vencida. Siempre había estado ahí, desde tiempos anteriores al alcance de mi memoria. Pero eso no impedía que en ese momento mis manos intentaran hacer girar una vez más su pomo de latón. Una vez más. Una nueva pérdida de tiempo. Una vez más. Y ni un radián.


Todos tenemos que cruzar la puerta tarde o temprano, eso lo sabía. Pero aquel instante, yo me cansé de esperar. Comencé a golpearla.


Nótese que lo hice de manera progresiva, empezando con pequeñas llamadas con el puño, siguiendo con un característico empujón de hombro fútil intento desatascador, procediendo a patear a la altura de la cerradura no mucho después, y finalizando con una carga directa, veloz carrera de mi masa corporal pronta a estamparse contra un tablón de madera oscura.



Lo que sucedió después parece obvio de relatar. Entrando en detalles de tal situación, diré que no tardé en partirme los brazos por sitios múltiples, y me colgaban inertes desde el pecho, que oscilaba violentamente al compás de mi respiración agitada.


El sonido del chasquido seco ya me era familiar cuando entonces me quebré una pierna, y dado que me quedé sin un sólido punto de apoyo al suelo mediante el cual propulsarme en mi deseo de dar con mi cuerpo contra mi acérrima rival, comencé a utilizar la cabeza a modo de ariete.


Escuchaba la muda sardónica risa de la puerta a medida que aumentaba el volumen de mis latidos en las palpitantes venas de mis oídos, a medida que la sangre de mi frente fluía para anegar mis ojos de lágrimas de cobre.


Y llegué al otro lado. Por vez primera.


J. J.


2 comentarios:

  1. Creo que Arrocin Aguadín fue el que casi cruza la puerta... por Aguadín...

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