lunes, 14 de diciembre de 2009

El monstruo del váter

El monstruo del váter tiene cuatro ojos ovalados y su maquillaje waterproof es decimonónico. El pelo que lo recubre es grueso como la lana, es negro y siempre se encuentra erizado. Nadie sabe con determinación con cuántos dedos cuentan su manos, lo que se dice es que el entresijo de tentáculos que continúan los muñones unidos a sus brazos tienen forma churrigueresca.


Sabe más de química que los profesores de las facultades porque conoce a la perfección la composición de cada champú. Cuando atisba un baño vacío y oscuro saca del fondo del retrete su brazo más largo para alcanzar los frascos que se sustentan en la bañera.


Lo conocí en Colombia cuando éramos rehenes de la guerrilla y fuimos presos del Síndrome de Estocolmo. Al final decidimos unirnos a la causa de nuestros captores y recorrimos todos los retretes de Bogotá en busca de los planos del nuevo Parlamento que un arquitecto confeccionaba en sus momentos íntimos con el baño. Llegamos, sin querer, a la taza del váter del mismísimo G.W. Bush. Lanzamos una granada cuando estaba expulsando sus excrementos y el baño se llenó de mierda. No logramos matarlo a bombazos, pero se atragantó con un trozo de sus propias heces y casi muere atragantado. De hecho esta historia salió a la luz, pero en lugar de mencionar la mierda en los medios se habló de una galleta.


Trabajó para Joker durante seis meses como becario con un contrato precario.


Fue buscado por la INTERPOL desde 1993 hasta hace escasos meses por un tema de blanqueo de dinero, pero finalmente lo dieron por muerto (y lo incluye en su curriculum de monstruo). Aprendió informática de los libros que hojeaba y abandonaba mi hermano en el retrete después de haber defecado (maneja el paquete de Office y sabe programar en Java; también lo recoge su CV, porque hasta en el oscuro mundo de los monstruos hace falta manejar una computadora, al menos, a nivel de usuario avanzado).


El régimen comunista de China se vino abajo cuando atascamos las tuberías de todos los retretes del país. Y ahí se nos fue de las manos. La guerrilla volvió a cogernos como rehenes pero logramos escapar disfrazándonos de bolsas de Fritos introducidas en un cubo de la basura. No sé a dónde fue él. Aunque, conociéndolo, seguramente haya terminado asentándose en el retrete de Elvis, entre cuero y terciopelo.


Me acuerdo de él a diario. Cuando hago pis, cuando hago…


Me acuerdo de él cuando me levanto y cuando me acuesto. Y también pienso en nuestros años dorados, en si algún día vendrá a verme, en si algún día nos encontraremos en un baño público.


No quisiera morir sin haberle preguntado cuántos dedos tiene en las manos.


B.B.

2 comentarios:

  1. Ayer le vi...Tiré de la cadena y le perdí...(Era fácil, joer, imposible resistirse, jajaja).

    ResponderEliminar
  2. Escuché una vez una grata historia sobre este tipo. Resulta que iba un día a hacer sus necesidades cuando se encontró con un penny de la suerte. Decició invertirlo sabiamente en un chicle; mascó y mascó, y sopló hasta que se hinchó lo suficiente como para explotar. Lo hizo y se adhirió a su rostro waterproof. Desde entonces le tiene pánico a los chicles.

    Una vez se me quedó pegado el culo a un retrete público con un chicle pegado. True story. Todos nos pegamos juntos. Y desde entonces no cago si no hay un penique cerca, por el suelo.

    ResponderEliminar