domingo, 24 de enero de 2010

Cristales rotos

No, esta vez no le escribiré una carta sobre todo y sobre nada. No diré ser sincera, ni abriré mi corazón a espuertas, ni me rajaré el pecho en canal. No me quitaré el sombrero al saludar, no haré una reverencia, no me callaré y sonreiré.

Es demasiado tarde para todo eso. Ya fuimos a París a hablar sobre lo que pensaba Madame Curie y nos equivocamos y nos reímos. Hablamos de que un día dejarían las bestias de mi mente de golpear mi amígdala y tomaría el paleoencéfalo el control de los sucesos. Ya le expliqué que mis cefaleas son largas y espinosas, pero yo nunca he perdido la indulgencia con ellas. Y debatimos que el amor a la lucha fútil perecería y aún así continúa azotando la fragilidad de la inteligencia.

Pero, lo lamento, también es demasiado tarde para rememorar todo aquello. Quedan pocas flores en las macetas del balcón desde donde hoy miro a los ojos a Dios, que no está. Se ha ido porque nunca estuvo. Y a mí me quedan demasiadas preguntas que hacerle, cuya respuesta no quiero saber.

No he venido aquí a hablar de la inoperatividad fractal de la utilidad contemporánea. Si he terminado en este lugar es porque deseaba estudiar todo lo que fui desde una perspectiva parcialmente imparcial. Quiero alejarme del miedo a todo lo que nunca hice y destruir los muros ingrávidos de mi corazón. Quiero hablar y no hablar, o, mejor aún, no hablar y hablar. Deseo. Y, perdóneme, pero mi deseo se aleja de vuestra merced a dos mil millones de nudos, mi querido pasado.

Arrivederci Pinocchio.


B.B

2 comentarios:

  1. Y luego me llamas zorra...Ole, maldito barbudo. Vámonos de luna de miel lejos.

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  2. No, sólo sé lo que no quiero. Y sí, sois un par de zorritas.

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