jueves, 1 de julio de 2010

Onírico Juan Ernesto Baroa

Parecía lógico suponer que Juan Ernesto Baroa tenía un objetivo claro y definido cuando caminaba; era por su forma de plantar sus pies tan solemne, por su mirada decidida al frente. Pero Juan Ernesto no iba a ninguna parte. Sólo huía de un recuerdo que ahora parecía lejano, porque la única prueba de todo lo que nos acontece es lo que recordamos.

El señor Baroa había decidido levantarse más temprano que de costumbre, sin un objetivo claro y definido, y sin despertar a la señora de Baroa porque no quería dar explicaciones porque no las había porque no quería que las hubiera. Pero la señora de Baroa se había despertado y a partir de ahí Juan Ernesto sólo había tomado decisiones rápidas tales como que no aguantaba la mierda que daban por la tele todas las mañanas ni aguantaba la mierda que le soltaba la señora de Baroa todas las mañanas desde que la habían echado del trabajo ni le había regalado a su señora nada por lo menos desde hacía veinte años, como un bonito sombrero. Decidió matar tres pájaros de un tiro, lanzamiento de televisor.

Ahora Juan Ernesto caminaba con un objetivo aparentemente claro y definido, y era el rey carmesí, un claqueur bailando Moonchild. Juan Ernesto sabía que estaba soñando y que hoy empieza todo, y que los recuerdos son la única prueba que tenemos de lo acontecido.

J.J.

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